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Se considera un 70% de la producción del acero para la creación de nuevos productos.
El 30% restante de la producción es empleado para repuestos del material que ha sufrido
los efectos de la corrosión.
Todo esto, unido al DECRETO 833/1975 de 6 de febrero (protección del ambiente
atmosférico) ha supuesto que las empresas dedicadas a la limpieza de superficies,
desestimen los procedimientos obsoletos de chorreado de arena al aire libre, y doten sus
infraestructuras con cabinas de granallado adecuadas a la normativa vigente y con unas
dimensiones que abarquen el abanico de productos manufacturados en caldererías
pesadas.
La vida y durabilidad de un recubrimiento protector como la pintura, es tanto más
duradera cuanto mayor es la calidad de la preparación de la superficie.
Debemos tener en cuenta que cualquier contaminante que se encuentre sobre la
superficie de acero, así como la presencia de defectos mecánicos inherentes al propio
acero o derivados de la conformación de la estructura que se va a pintar, impedirá el
contacto entre el acero y la pintura.
Provocando esto, que la pintura no pueda ejercer sus funciones como protectora del
acero ni como terminación decorativa del producto, ya que la durabilidad de la misma
se reduce en mucho tiempo.
El mejor sistema para la limpieza del acero es sin duda alguna, el chorreado abrasivo.
El chorreado abrasivo, consiste en la proyección de granalla de acero angular o esférica,
a alta velocidad y con una elevada energía cinética contra las superficies de acero a
limpiar. El impacto de la granalla abrasiva provoca no solo el desprendimiento de los
contaminantes del acero, sino que también modifica su superficie dejando una cierta
rugosidad. Esta rugosidad favorece un perfecto anclaje de las capas de pintura sobre la
superficie del acero.
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